De nuevo israel.
De nuevo rouco.
Dos de los máximos exponentes de esta falsa fiesta que es la navidad (sí, todos sin mayúsculas) que proclama la paz (sí, también en minúsculas). Porque la Paz, ésta con mayúsculas, no está ni en la navidad, ni en israel, ni en rouco, ni en su agresiva guerra religiosa.
La Paz es laica, libre, apolítica, atemporal, no sectaria y no tiene país ni fronteras.
domingo, 28 de diciembre de 2008
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Cobardía
A veces, realidades aparentemente asumidas vuelven a la carga en mi cabeza o en algún lugar dentro de mí, y me trastocan durante varios días.
A veces, esas realidades pesan más que nunca, como si fuesen nuevas. Nuevas y muy agresivas.
A veces, volver a asumir algo aparentemente aceptado es aún más duro que esa supuesta primera vez. Porque esto evidencia que, efectivamente, nunca se asumió.
Y ante esto sólo hay dos alternativas: una, asumirlo, si es que es posible. Y si no lo es, deja de ser alternativa válida, y queda una única solución: borrar de mi realidad ésa otra que me perturba.
Y no sé si me atrevo.
A veces, esas realidades pesan más que nunca, como si fuesen nuevas. Nuevas y muy agresivas.
A veces, volver a asumir algo aparentemente aceptado es aún más duro que esa supuesta primera vez. Porque esto evidencia que, efectivamente, nunca se asumió.
Y ante esto sólo hay dos alternativas: una, asumirlo, si es que es posible. Y si no lo es, deja de ser alternativa válida, y queda una única solución: borrar de mi realidad ésa otra que me perturba.
Y no sé si me atrevo.
viernes, 5 de diciembre de 2008
Peligro en el camino
Hace ya tiempo que quería poner este relatito de Espejos, de Galeano. Sí, otra vez más Galeano...
Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas.
Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino.
Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral.
El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice:
-En mi hambre, mando yo.
Alrededores de Sevilla, invierno de 1936: se acercan las elecciones españolas.
Anda un señor recorriendo sus tierras, cuando un andrajoso se le cruza en el camino.
Sin bajarse del caballo, el señor lo llama y le pone en la mano una moneda y una lista electoral.
El hombre deja caer las dos, la moneda y la lista, y dándole la espalda dice:
-En mi hambre, mando yo.
lunes, 24 de noviembre de 2008
Símbolos y cultura
Escucho en un telediario los argumentos de un representante de la iglesia católica para mantener los crucifijos en los colegios públicos. Sencilla y llanamente dice que representan la cultura de España, y por ende, hay que mantenerlos. Y me da por pensar la cantidad de cosas que son parte de nuestra cultura:
El pincho tortilla, la morcilla de Burgos, el vino, Alfredo Landa, Cervantes, Mortadelo y Filemón, la barra de pan, la sangría, las cañitas del domingo por la mañana, Picasso, Forges, Millás, Haro Tecglen, el chocolate con churros, la paella, las tapas, mi barrio, el pescaíto frito, tomar el sol, ir al cine el sábado, los boquerones en vinagre, Unamuno, el flamenco, Baroja, Galdós, El roto, el vermú, el rastro, la siesta en la playa, Camarón, Goya…
Así que yo llenaría los colegios públicos de todo esto. Sin duda. Porque, entre otras cosas, en nombre de ninguna de estas cosas y/o personas se ha derramado tanta sangre como en nombre de un crucifijo.
El pincho tortilla, la morcilla de Burgos, el vino, Alfredo Landa, Cervantes, Mortadelo y Filemón, la barra de pan, la sangría, las cañitas del domingo por la mañana, Picasso, Forges, Millás, Haro Tecglen, el chocolate con churros, la paella, las tapas, mi barrio, el pescaíto frito, tomar el sol, ir al cine el sábado, los boquerones en vinagre, Unamuno, el flamenco, Baroja, Galdós, El roto, el vermú, el rastro, la siesta en la playa, Camarón, Goya…
Así que yo llenaría los colegios públicos de todo esto. Sin duda. Porque, entre otras cosas, en nombre de ninguna de estas cosas y/o personas se ha derramado tanta sangre como en nombre de un crucifijo.
jueves, 6 de noviembre de 2008
Mal sabor de boca
Estoy harta de que la gente no quiera problemas. Es la excusa perfecta para no comprometerse con nada, para no luchar por nada, para conformarnos con lo establecido aunque lo odiemos.
Estoy harta de la gente que es políticamente correcta. Es una de las peores formas de hipocresía.
Estoy harta de que la gente ponga buena cara cuando no le apetece. No es necesario engañar a nadie.
Me gusta la gente sincera, que va de frente, que no esconde nada, por eso no quiero buenas caras a mi alrededor: yo no puedo ponerla si alguien o una situación no me gustan. No sé engañar ni mentir, ni dorar la píldora a nadie, y no me interesa aprender ninguna de esas cosas. Y eso a veces me sale caro. Aunque para mí, lo caro sería no sentirme bien conmigo misma. Y me siento bien, a pesar de este mal sabor de boca que se me ha quedado y que sé que pronto pasará.
He hecho lo que sentía y me apetecía, y he dicho lo que opinaba. No admito líderes, ni gurús, ni iluminados. Apelo siempre al consenso, incluso a consensuar lo que el grupo entiende por consenso. No entiendo las imposiciones por acción u omisión, ni sobreentiendo nunca nada: me tienen que decir las cosas muy claritas para que las entienda.
Y estoy harta de todas las manipulaciones, especialmente de las que se alcanzan repitiendo continuamente el mismo mensaje (¿cuántas veces, a pesar de la rotunda negativa de la mayoría, se ha retomado el tema de las cámaras?). Y de la falta de información, de la no sinceridad, de las omisiones, de los amiguismos y colegueos con el enemigo, de llevar a tu terreno a la gente, de no admitir que no sabemos compartir ni discutir, y menos aún aceptar lo que la mayoría quiere si no es lo que nosotros queremos.
Estoy harta de la cobardía. De no saber afrontar las decisiones. De tirar la piedra y mirar hacia el otro lado.
Qué difícil es ser parte de un grupo donde sienten que disentir es atacar, y donde se censura la diferencia. Y qué feo es que por ello se margine y se oculten acciones a los disidentes.
Pero la vida sigue y tengo que aprender a gestionar todo esto y a quitarme cuanto antes este mal sabor de boca. Ése es mi trabajo ahora.
Estoy harta de la gente que es políticamente correcta. Es una de las peores formas de hipocresía.
Estoy harta de que la gente ponga buena cara cuando no le apetece. No es necesario engañar a nadie.
Me gusta la gente sincera, que va de frente, que no esconde nada, por eso no quiero buenas caras a mi alrededor: yo no puedo ponerla si alguien o una situación no me gustan. No sé engañar ni mentir, ni dorar la píldora a nadie, y no me interesa aprender ninguna de esas cosas. Y eso a veces me sale caro. Aunque para mí, lo caro sería no sentirme bien conmigo misma. Y me siento bien, a pesar de este mal sabor de boca que se me ha quedado y que sé que pronto pasará.
He hecho lo que sentía y me apetecía, y he dicho lo que opinaba. No admito líderes, ni gurús, ni iluminados. Apelo siempre al consenso, incluso a consensuar lo que el grupo entiende por consenso. No entiendo las imposiciones por acción u omisión, ni sobreentiendo nunca nada: me tienen que decir las cosas muy claritas para que las entienda.
Y estoy harta de todas las manipulaciones, especialmente de las que se alcanzan repitiendo continuamente el mismo mensaje (¿cuántas veces, a pesar de la rotunda negativa de la mayoría, se ha retomado el tema de las cámaras?). Y de la falta de información, de la no sinceridad, de las omisiones, de los amiguismos y colegueos con el enemigo, de llevar a tu terreno a la gente, de no admitir que no sabemos compartir ni discutir, y menos aún aceptar lo que la mayoría quiere si no es lo que nosotros queremos.
Estoy harta de la cobardía. De no saber afrontar las decisiones. De tirar la piedra y mirar hacia el otro lado.
Qué difícil es ser parte de un grupo donde sienten que disentir es atacar, y donde se censura la diferencia. Y qué feo es que por ello se margine y se oculten acciones a los disidentes.
Pero la vida sigue y tengo que aprender a gestionar todo esto y a quitarme cuanto antes este mal sabor de boca. Ése es mi trabajo ahora.
miércoles, 22 de octubre de 2008
De deseo somos
La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quién tocar. Tenía boca, pero no tenía con quién hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna.
Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos.
Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también.
Primer relatito de Espejos, de mi querido Galeano, que, de nuevo, me deja sin palabras.
Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos.
Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también.
Primer relatito de Espejos, de mi querido Galeano, que, de nuevo, me deja sin palabras.
jueves, 2 de octubre de 2008
Tlatelolco
Se cumplen hoy 40 años de aquella atrocidad de la que no soy capaz de decir nada. Tengo en casa esperándome el libro de Poniatowska, especialmente recomendado por mi querida amiga Rocío y comprado con ella en la enorme librería que Fondo de Cultura Económica tiene en La Condesa (qué espacio cultural más impresionante, por cierto).
Hoy El País dedica una noticia a este terrible aniversario, recordándonos que aún nadie ha pagado por ello, porque la impunidad de la clase política sigue existiendo en todo el mundo. Pero lo peor de todo es volver a leer a aquellos que piensan y dicen con osadía que sus decisiones las toman por nuestro bien, para salvarnos la vida, como Gustavo Díaz Ordaz, vergonzoso presidente de aquel gobierno que permitió la matanza.
No creo que pueda olvidar mi visita a la Plaza de las Tres Culturas nunca, hace ya casi 6 años, alimentada de un aterrador silencio. El sentimiento de vacío, de tristeza, de rabia y las mil preguntas que bombardeaban mi cabeza al marcharme no los podré soltar nunca.
Hoy El País dedica una noticia a este terrible aniversario, recordándonos que aún nadie ha pagado por ello, porque la impunidad de la clase política sigue existiendo en todo el mundo. Pero lo peor de todo es volver a leer a aquellos que piensan y dicen con osadía que sus decisiones las toman por nuestro bien, para salvarnos la vida, como Gustavo Díaz Ordaz, vergonzoso presidente de aquel gobierno que permitió la matanza.
No creo que pueda olvidar mi visita a la Plaza de las Tres Culturas nunca, hace ya casi 6 años, alimentada de un aterrador silencio. El sentimiento de vacío, de tristeza, de rabia y las mil preguntas que bombardeaban mi cabeza al marcharme no los podré soltar nunca.
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